lunes, 15 de julio de 2013

15 de junio (en una sala de espera, dónde no se hace más que esperar): Una nena vino y me preguntó “¿en qué sentido está esperando usted?” anonadado le respondí luego de un silencio donde sólo me miró esperando (porque acá solo se espera) “porque me siento triste, no mucho, pero un poco”, y ella se fue feliz con su madre que nunca advirtió nuestra charla. No sé si esa era la respuesta a su pregunta que no conducía a ningún lado, solo sé que esa nena es un buen prototipo de Mengana.
14 de junio (en el primer piso de un café): El otro día en el café del tío oí a una mujer decirle a algo a su novio (creo era su novio) que me resultó impactante (creo que exagero). Ella le decía que para tomar algo, hay que tomar desde un primer piso, dónde no ves directamente a la gente, sino que ves el cielo. No sé si se lo decía como algo romántico, un acto poético o era que le reprochaba al muchacho que la llevara a un lugar que no era un primer piso a tomar un café, admito que el bar del tío no es el ideal para parejas enamoradas o por enamorarse. Sin embargo, más allá de la razón que argumentara la mujer, sus palabras despertaron mi inquietud y decidí hacer la prueba. Para mayor seguridad, y porque realmente me era imprescindible asegurar que esas palabras eran ciertas le pedí a una prima que me acompañara. Ella aceptó como suele aceptar mi familia a mis caprichos sin sentido, dado que como siempre argumento, me tienen un cariño inexplicable y para mí, terrible. Busqué a una mujer apelando a la sensibilidad femenina, aunque mi prima de tan sólo 15 años, aceptó porque la llevaría al centro, la invitaría a tomar algo y seguramente podría juntarse después con sus jóvenes amigos. No importa, ella ya no está, pero una vez que tomamos el café y cruzamos dos míseras reflexiones de la vida, le pregunté que le parecía, que sentía… claro que para que entendiera a dónde se dirigía mi pregunta me tomó tiempo, pero al final me contestó: “no sé Claudio, no sé qué querés… me siento… inexplicablemente bien, como cerca del cielo”. Luego se levantó y se fue sin mucha protocolaridad en su despedida.
Yo no esperaba más, miré con una sonrisa por el gran ventanal del café que tiene el Ateneo en su primer piso y mirando las nubes grises, cargadas de lluvia que no pretendían salir pensé, en que esa mujer que fue al bar de mi tío había ido a contarme cosas que sólo Mengana me solía contar. Sigo creyendo, a veces claro, que ella aún anda por ahí contándome cosas, sólo que es muy orgullosa y muy Mengana para venir a saludarme.
10 de junio (en la cocina de madrugada, a media luz): Hay una mujer en ese cuarto aunque no lo crean, claro que yo duermo en un sillón para no incomodarla. Es una invitada, amiga de un amigo. Razones de la vida la trajeron a dormir a mi casa, no me animo a ser provocador, ni erótico, ni galán, sólo acepte y le hice la cama. Hace un rato la fui a ver como dormía y me pasó esto. Creo que las mujeres cuando duermen atraen a todos los hombres, nos vuelven infantes, somos bellamente vulnerables y nos sentimos protegidos, cuando duermen (sea cual fuera) son nuestras madres, nuestras compañeras, hermanas, una mujer se hace todas las mujeres… porque una mujer que duerme es una vida, que da otra, que descansa mientras construye…
Eso... sólo eso, me vuelvo al sillón conmovido… mejor me voy a verla una vez más.
6 de junio (un día como otros): Estoy acá en una plaza, el frío empieza a querer ser invierno, y el Sol no aparece, está nublado y amaga a llover, pero sólo amaga. Estoy escribiendo sobre el clima no sé por qué, quiero contar otra cosa. Resulta que hace sólo unos minutos estaba acá al lado mío una mujer muy vieja, una anciana, canosa de pelo prolijamente suelto envuelta en atuendos muy escrupulosamente elegidos para su edad. No pretendía aparentar ser menos de lo que era, tener menos años ni menos andanzas. Su cara estaba en un profundo pensamiento, arrugado de los abriles, con amor de abuela, de madre, cuando se llega a esa edad es muy difícil recordar ser hijo. Admito que me incomodó su presencia, la gente mayor me genera incomodidad, pero como suele resultar en mi vida, también sabía que ella no estaba ahí por mero azar, había venido a buscar algo, como una Mengana vieja reconociendo a un Fulano… ahora que no está me animo a sonreír con lo que me dijo, sin aviso, sin preámbulo, como las Menganas hablan (¡¿recuerdan que dije que las Menganas nacen siendo abuelas?!, dijo: él y yo, éramos muy distintos, más bien eso le dije yo… pero la verdad es que éramos iguales, sólo que nunca lo pudimos entender.

Ni pies ni cabeza, como es la vida misma, así me habló y así se fue, no triste sino triunfal, como si hubiera llegado a la conclusión de toda una vida. Yo en serio que deseo creer que así son las Menganas cuando envejecen, te enseñan hasta el último momento.

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