sábado, 8 de junio de 2013

31 de mayo (de tarde viajando en el tren Mitre rumbo a Drago): Veo como la luz entra al vagón y yo estoy sentado solo. Creo que es injusta esta soledad, mi soledad, pero a la vez pienso que es injusto mi pensamiento. Cuántos hombres en este mundo pueden decir que reconocen una Mengana cuando la ven… que pueden adivinar una palabra de Mengana, un suspiro de Mengana, un abrazo de Mengana, un gesto de Mengana, unos labios de Mengana, un color de Mengana… sólo pueden reconocerlo quienes hayan conocido alguna. 
Si me levantara en este momento y a los gritos preguntara “¿quién de ustedes ha tenido la fortuna de haber conocido a una Mengana?”, nadie levantaría la mano, todos se mirarían cabizbajos, con tristeza frente a tanto infortunio, semejante privación.
Está bien, es fantasioso mi comentario, seguramente me mirarían raro, se reirían algunos, otros preguntarían para sí mismos “¿Qué carancho es un Mengana?”, otros solo me ignorarían bajo sus auriculares.
Después pienso que si mi Mengana supiera que estoy triste porque me siento solo, se decepcionaría mucho de mí… se sentiría inútil y vulnerable… quizás exagero otra vez…
Si mi Mengana estuviera acá, se sentaría al lado mío y preguntaría “¿te estás dando cuenta?”, sólo eso diría… porque creo que a cada momento (y eso Mengana lo sabía muy bien) hay que darse cuenta de que en el mundo está sucediendo algo. Como ahora, levanté la mirada y enfrente mío un padre sostiene a su hija en brazos, ella medio dormida sueña seguramente con la maravilla y la libertad.

No estamos solos, no estás solo Claudio, solo que a veces nos desconectamos del mundo, pero siempre se puede volver…
Gracias Mengana en dónde estés…

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